Seleccionar página

Por: Héctor Valencia*

 

Desde: Poitiers, Francia

 

La crisis política, económica, social y ecológica en la que estamos no debe ser vista como un evento aislado y excepcional. Por el contrario, es la consecuencia lógica del modelo capitalista que se ha agudizado durante las últimas cuatro décadas. Tener clara esta relación no es una pequeñez, pues nos permite entender mejor la situación en la que estamos inmersos e inmersas. La producción y consumo, el comercio internacional y el crecimiento ilimitado de las economías tiene como base la expansión ilimitada de la frontera humana hacia los bosques, montañas, ríos, mares, junglas, páramos, océanos y demás ecosistemas; lugares donde viven animales que se encuentran al borde de la extinción, la misma cuyo único responsable es el ser humano. La expansión ilimitada de la esfera humana conducida por la lógica del capital y la frontera ecológica limitada que tiene un frágil equilibro orgánico constituyen la contradicción y desafío más importante de nuestro siglo. El principio de expansión-depredación es el principio del fin de la civilización, la vida animal y vegetal en general.

 

Por lo anterior, debemos comenzar a debatir sobre el papel y la responsabilidad que los paradigmas de progreso, crecimiento y desarrollo tienen hoy en día frente a la crisis de civilización. También debemos comenzar a construir nuevos conceptos, nuevas creencias que cambien la relación que tenemos con el territorio, nuevas formas de producción y consumo que nos permitan no solo entender la realidad a escala local, nacional, regional e internacional, sino también a construir otro tipo de sociedad. Así pues, con el ánimo de plantear la discusión, me propongo a hacer una reflexión sobre el papel del paradigma de progreso y su relación con las lógicas capitalistas y coloniales.

 

La expansión económica ilimitada y depredadora de la naturaleza alimenta el sistema de consumo y el crecimiento de las economías norte global (europeas y norteamericanas). El modo de vida estadounidense y europeo consume más del volumen de mercancías y bienes que la totalidad poblacional de África, Asia y América Latina. Si todo el mundo viviera como vive la población de Estados Unidos, necesitaríamos 4 planetas para abastecer dicho consumo desenfrenado[1]. Si todo el mundo consumiera la misma cantidad de mercancías y bienes que consume Europa, necesitaríamos 3 planetas[2].

 

La siguiente gráfica muestra un calendario que se organiza a partir la capacidad que tiene la tierra para reproducirse y regenerarse naturalmente. Esta grafica tiene en cuenta el nivel de consumo por país para determinar en qué fecha ya se habría agotado todas las fuentes regenerativas de la Tierra. Por ejemplo, el 11 de febrero sería el día en que la tierra ya habría consumido y agotado todas sus capacidades de regeneración y reproducción, si todo el planeta viviera como vive la población de Quatar. El 14 se marzo sería la fecha en la cual la Tierra ya habría agotado todas sus energías si todo el planeta viviera como en Estados Unidos. Estas economías desarrolladas demuestran que el desarrollo implica necesariamente una absoluta depredación de las capacidades de regeneración y reproducción de la Tierra.

 

Estados Unidos y Europa representan la matriz de expansión capitalista y colonialista que impuso una subjetividad consumista, hedonista y competitiva al resto del mundo. Dicha expansión logró imponerse recientemente, luego de ser los vencedores de la Guerra fría y recrudecer las relaciones capitalistas bajo la égida del neoliberalismo que tuvo como periodo de expansión desde 1970 hasta 2010. Como resultado de dicha subjetividad y matriz de desarrollo, podemos ver que países como Australia, Canadá, Corea del Sur, Quatar, Singapur, Emiratos Árabes Unidos y China constituyen aquellos países que se han acercado más al modelo de desarrollo y progreso de inspiración europea jalonado principalmente por la extracción de petróleo y materias primas. Sorprendentemente, también encontramos a Luxemburgo, Nueva Zelanda, Suiza e Israel que, a pesar su baja densidad poblacional, consumen una gran cantidad de bienes y servicios. En último lugar tenemos, Indonesia, Ecuador, Cuba, Egipto, Gana, Guatemala, Perú, Argelia, Uruguay, Colombia, Vietnam, entre otros países que también han sufrido procesos de expansión capitalista y colonial. Sin embargo, estos últimos países no han incorporado este modelo de desarrollo individualista y consumista, pues razones económicas, políticas y sociales, la base y sustrato cultural-nacional lo han impedido.

 

Dicha forma de vida hegemónica muestra la relación íntima entre la noción de ciudadanía y consumidor, entre la modernidad y la modernización, ya que fue gracias a las dos grandes revoluciones del siglo XVIII, la francesa y la estadounidense que la matriz colonial y capitalista se consolidó. Estas dos revoluciones tienen un lado emancipatorio relacionado con la universalidad de los derechos y un lado opresor relacionado con la universalización de las relaciones capitalistas y coloniales. De tal manera, como consecuencia de las revoluciones burguesas, el paradigma de progreso económico-tecnológico se entroncó con el paradigma de progreso moral-democrático que se fue consolidado a lo largo de los últimos siglos. El entronque entre el paradigma económico capitalista-privatizador, el paradigma moral democrático-individualista y la expansión colonial-cultural constituyen el modelo civilizacional hegemónico. Sin embargo, este mal llamado progreso ha traído mayor desigualdad, pobreza, sequías, pandemias y extinciones. El progreso económico se asoció con el progreso civilizacional, constituyendo, así, su principal matriz de dominio. Este modo de vida super-consumidor es el estadio más avanzado de la descomposición de la civilización y sus fuerzas materiales-espirituales de la humanidad.

 

La causa de la descomposición se encuentra en una forma particular de concebir el crecimiento y el progreso, pues el criterio para conocer el nivel de productividad económica de un país es el PIB (Producto Interno Bruto), criterio que se basa en el consumo de bienes y mercancías, los mismos que se alimentan constantemente de la división racial y sexual del trabajo. Esta división se manifiesta entre aquellos países capitalistas del norte global que consumen y aquellos países del sur global que suministran las materias primas o fuerza de trabajo indispensable en la cadena de producción global. Por lo anterior, la crisis ecológica es causada por aquellos países capitalistas del norte global que tienen basadas sus economías en el consumo – consumismo- constante de mercancías y bienes. Asimismo, países como China, India, Nigeria, Sudáfrica, Brasil y Rusia buscan reproducir y prolongar este sistema de crecimiento desenfrenado. Sistema, de hecho, heredado en su mayoría por procesos de colonización durante el siglo XV, IX y XX.

 

En este orden de ideas, la crisis climática es el resultado de una estructura económica, cultural y política cuyo origen se remonta a la expansión colonialista e imperialista europea y norteamericana. De una manera irresponsable, estos países son aquellos que menos contribuyen en la transición ecológica y reducción de producción de gases efecto invernadero. Son los países de África y América Latina los que más sufren las consecuencias del modelo extractivista y colonial de producción en donde justamente la defensa de los bosques, el territorio y los ríos se ha convertido en una tarea de alto riesgo para la vida. Fuerzas paramilitares, mafia, ejércitos privados y multinacionales han construido esa gran red de producción de materias primas y fuerza de trabajo para que los países capitalistas del norte continúen con su crecimiento.

 

Estas contradicciones entre formas de vida, intereses económicos y sustratos culturales nos muestran una óptica diferente del problema, pues revelan que la lucha por la redistribución del poder adquisitivo no constituye una verdadera solución a la crisis ecológica y civilizacional actual. Por el contrario, pareciese que estas luchas sociales alimentaran la crisis. No obstante, llegamos al segundo pliegue de la contradicción del siglo, pues las banderas de la justicia ambiental no pueden pasar sobre las banderas de la justica social condenando países enteros a la pobreza y miseria absoluta. Debemos, por tanto, imaginar un modelo en donde la justicia social, ecológica y cultural se harmonicen, en donde la modernidad política no esté subordinada a la modernización capitalistas. En otras palabras, necesitamos un nuevo modelo que garantice los derechos políticos, sociales, culturales y ambientales sin que dicha garantía no implique el “sacrificio” ceremonial de uno de ellos.

 


*Filósofo, profesor y activista político.

 

Imagen: kai kalhh.

 

[1]Ver:https://www.bbc.com/news/magazine-33133712#:~:text=This%20means%20that%20for%20the,just%20to%20absorb%20carbon%20dioxide.

 

[2] Ver: https://www.weforum.org/agenda/2019/05/europeans-are-living-beyond-earth-s-means/#:~:text=If%20everyone%20consumed%20at%20the,than%20it%20can%20replenish%20them.