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El pasado domingo 4 de julio fue elegida Elisa Loncón como presidenta de la Convención Constituyente encargada de redactar la nueva constitución para el pueblo chileno. Su elección reviste un poder simbólico enorme, ya que cambia las coordenadas semióticas del poder. Como mujer, filósofa, mapuche y líder social, ella detenta uno de los puestos con mayor responsabilidad política del país. Este es un claro mensaje para Chile y América Latina/Abya Yala.

Esta Convención fue el resultado de un estallido social y popular que se extendió en Chile durante el 2019 y 2020. La movilización iniciada por jóvenes pronto se transformó en un verdadero estallido social y cultural.

El modelo neoliberal y privatizador de la salud, pensiones y educación había llegado a un estado de descomposición tal que solo la movilización popular, ciudadana y social pudo conducir una agenda de cambio y transformación profunda.

Es necesario recordar que la actual constitución de Chile fue redactada durante la dictadura militar de Pinochet. Su legado perduró durante más de 30 años. Con la nueva constitución se espera enterrar definitivamente esa terrible herencia constitucional.

Tras varios meses de confrontación y tensión intermitente con las fuerzas policiales y militares dirigidas por el banquero presidente Piñera, la presión del pueblo condicionó el llamado a un referendo en el cual se le preguntaba al pueblo chileno si estaba de acuerdo en redactar una nueva constitución o no. Luego de varios aplazamientos debido a la pandemia, el pueblo chileno votó rotundamente por un sí.

Meses después de realizado el plebiscito, las elecciones para seleccionar los partidos, movimientos y organizaciones políticas que conformarían la Convención tuvieron lugar. En un clima de desconfianza con la institucionalidad y el establecimiento, las listas más votadas fueron las listas que encarnan las agendas populares y sociales (Apruebo, Apruebo Dignidad,  Lista del Pueblo )

Como particularidad de este proceso, es necesario resaltar dos victorias populares que han caracterizado su dinámica. Por un lado, se estipuló que los pueblos originarios tienen derecho a representación propia, razón por la cual se designó un número especial de escaños en la Convención (17 escaños de 155). Por otro lado, la mecánica electora estuvo determinada por su carácter paritario, es decir, toda lista debe presentar, por lo menos, una paridad de 50% hombres y 50% mujeres.

Ambas victorias tienen un carácter político y simbólico muy potente, pues demuestra cómo el horizonte de emancipación y reivindicación actual está atravesado por  las luchas indígenas y feministas. Estas dos fuerzas políticas y sociales se confirman como el motor de reivindicaciones de las mayorías nacionales.

En este contexto, la elección de la líder mapuche Elisa Loncon como presidenta de la Convención Constituyente materializa ambas victorias. Como mujer y como indígena, su elección envía un mensaje político claro a un continente en donde el machismo y el racismo estructural ha sido una forma de dominación durante muchas décadas.

Históricamente, el pueblo mapuche y los pueblos originarios chilenos llevan luchando y resistiendo contra el poder blanco, colonial y capitalista por más de dos siglos.

Es necesario recordar que Wallmapu (nombre indígena de su territorio) fue una de las pocas regiones en el continente que resistió a la colonización española del siglo XVI. Los nombres de los caciques indígenas Lautaro y Caupolicán son nombres célebres en el proceso de resistencia indígena.

La región de la Araucanía está situada al sur de Chile y Argentina. Este territorio mantuvo su autonomía e independencia hasta la segunda mitad del siglo XIX.

En la etapa post-independista, Argentina y Chile emplearon el pretexto del fortalecimiento de la República siguiendo el paradigma europeo del Estado-Nación. Por ello, a comienzos de 1860 los ejércitos republicanos inician incursiones militares en la Araucanía  (Wallmapu) con el ánimo de aculturizar, ocupar y controlar los territorios indígenas que durante siglos habían sido habitados por los pueblos originarios.

Como resultado, se desata un largo y procesos de aculturización a través de dos estrategias. Por un lado, se incentivó la migración europea, especialmente la italiana y alemana, pues se creía que la raza blanca permitiría el desarrollo económico del país. Por otro lado, se buscaba el amilanamiento de las comunidades indígenas a través de la evangelización, alfabetización forzada en castellano e incorporación de su fuerza de trabajo al naciente capitalismo.

Durante la presidencia de Allende, se inició un proceso de devolución de títulos y reconocimiento de los territorios indígenas. Sin embargo, este proceso fue detenido por el golpe militar de Pinochet.

Durante la dictadura, el pueblo Mapuche resistió junto con múltiples fuerzas sociales y populares que eran perseguidas por el gobierno. El territorio mapuche se convirtió, por tanto, en un foco de resistencia contra el control dictatorial. La defensa del mapudungun como lengua originaria fue uno de los frentes de resistencia cultural más importantes contra la avanzada neocolonial.

Con la Concertación, el pueblo mapuche logró tener mayores niveles de participación e influencia política. Sin embargo, Chile es uno de los países más rezagados en la incorporación de la agenda multicultural que, hoy en día, prevalece en las constituciones latinoamericanas.

Esta agenda multicultural considera que el reconocimiento de la autonomía, las tradiciones y lenguas indígenas hacen parte del patrimonio cultural de la nación. Por ello, se busca su preservación y conservación.

Sin embargo, esta agenda multicultural fue diezmada por la agenda neoliberal que pervirtió las demandas de autonomía indígena, traduciéndolas en una retirada del Estado, relegando su responsabilidad sociales y políticas al sector privado.

Con consecuencia, las grandes multinacionales de la industria del cobre, litio, níquel y petróleo señalaron a los pueblos indígenas como sus más férreos opositores. La resistencia indígena a la explotación de estos yacimientos se encauzó no solo contra la contaminación del medio ambiente, sino en contra de la alteración de los lazos comunitarios.

En muchos casos, se ha comprobado que la llegada de estas multinacionales trae como consecuencia el aumento de los índices de violencia y contrabando. Además, contribuye muy poco en la reducción de la pobreza. Por el contrario, se podría considerar que el extractivismo es el modelo según el cual unos pocos de enriquecen a costa del trabajo y el territorio de los pobladores de la región.

En su discurso, la líder mapuche aseguró que el horizonte político del continente debe ser pensado en clave plurinacional, intercultural y feminista.  Según sus propias palabras: “esta Convención que hoy día me toca presidir transformará a Chile en un Chile plurinacional, en un Chile intercultural, en un Chile que no atente contra los derechos de las mujeres, los derechos de las cuidadoras, en un Chile que cuide a la Madre Tierra, en un Chile que limpie las aguas, en un Chile libre de toda dominación. Un saludo especial a los lamngen mapuche del Wallmapu, este es un sueño de nuestros antepasados, este sueño hoy se hace realidad.”[1]

El ejemplo de Chile nos muestra cómo la agenda interseccional, anticolonial, feminista y popular ha logrado cristalizarse en grandes sucesos políticos que están transformando el continente. La señal es clara: ningún proceso de transformación social se hace sin las mujeres, indígenas, campesin@s y trabajador@s.

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[1] Ver en: https://oplas.org/sitio/2021/07/05/discurso-de-elisa-loncon-antileo-presidenta-de-la-convencion-constituyente-de-chile/?fbclid=IwAR1cVl5O2LHr2HNTr3A7YoI79z-AexG1AQdzghyulK5hPufRSEvQu0prKw4