Seleccionar página

Por: Mateo Ramírez*

Desde: Lyon, Francia

“When he came up to greet me, I turned away, making our break public […].

Turning my back on Malcom was on the the mistakes that I regret the most in

My life. I wish I’d been able to tell Malcolm I was sorry. That he was right

About so many things. But he was killed before I got the chance. He was

A visionary- ahead of usa ll. Elijah Muhammad had a misión to unite Black

People in the spririt of racial pride […]. Malcolm was the first to discover

The truth that color doesn’t make you a devil. It is the heart, soul and mind

That define a person.”

 Muhammad Ali

 

Hoy, 19 de mayo se cumplen 95 años del nacimiento de Malcolm X. En ocasión de esta fecha, quise aprovechar la oportunidad para escribir sobre una de las figuras estadounidenses más polémicas de la segunda mitad del siglo XX. Antes de comenzar a escribir, cuando estaba reflexionando sobre la forma de abordar el texto, pensé en responder a la pregunta: ¿por qué, en tanto que latinoamericanos, deberíamos leer a Malcolm X[1]? Sin embargo, rápidamente me di cuenta de que dicha pregunta no hace honor al hombre, al revolucionario, al ser humano que en una época de represión y violencia nunca tuvo miedo de decir la verdad. Para entender de una mejor manera la figura que representa, es necesario entender primero las transformaciones que él mismo sufrió a lo largo de su vida y la forma en la cual logró emanciparse de todas las ataduras que le fueron impuestas por la sociedad, por las personas en las que creyó y, sobre todo, las que él mismo se impuso.

La vida de Malcolm X puede dividirse en tres grandes momentos. El primero de estos fue su juventud, cuando caminaba por las calles de Harlem, en Nueva York, y era conocido como “Detroit Red”. Sobrenombre que le fue dado por la ciudad de Detroit, en Michigan, lugar de donde era originario y por su pelo rojizo que tanto lo caracterizaba. Durante este tiempo, Detroit Red caminaba por las calles de Harlem, más tarde en las calles de Boston, como un “animal”, preocupado únicamente por encontrar el dinero para satisfacer su adicción a las drogas. Durante esta época se dedicó, entre otras cosas, a la venta de drogas, el proxenetismo y el hurto. Fue un milagro de Alá, como más tarde lo diría el propio Malcolm X, que no haya muerto de una sobredosis o a causa de un disparo.

El final de Detroit Red llegó cuando fue capturado por la policía y condenado a pagar una pena de diez años en prisión por robar apartamentos en Boston. Lejos de ser un tiempo perdido, sus años en prisión fueron algunos de los más fructíferos de la vida de Malcolm X. Fue una época de transición en la cual, gracias a su familia, descubrió la religión del islam. Una vez la aceptó en su corazón, Malcolm X abandonó sin titubear su antiguo estilo de vida. Además, fue el momento en el que descubrió su pasión por la lectura y los debates. Su sed por el conocimiento no tenía límite. Podía estudiar hasta quince horas diarias, leyendo libros de historia, filosofía, religión y cualquier otro tema que cayera en sus manos. Este conocimiento lo fue aplicando a los debates en los que participaba en prisión y que, de una manera u otra, lo fueron preparando para la vida pública.

El segundo momento de su vida inicia cuando sale de prisión y se une a la Nación del Islam. Malcolm Little abandonó su apellido para convertirse en Malcolm X, el nombre con el cual daría a conocerse al mundo[2]. En unos cuantos años, Malcolm X se convirtió en el ministro del Templo numero Siete de Harlem, en Nueva York, y en uno de los mayores defensores del “honorable Elijah Muhammad”, como siempre se refirió al líder de la Nación del Islam. Hasta este momento el nombre de Malcolm X era desconocido para la humanidad, pero un evento en 1957, eso habría de cambiar. Durante un altercado confuso, en el cual uno de los miembros de su congregación resultó gravemente herido por la policía, el ministro Malcolm X reunió a 50 hombres del “Fruto del Islam[3]”. Encabezados por Malcolm X, todos marcharon hasta la estación de policía donde se encontraba retenido su hermano herido y se pararon en frente de ella en perfecto orden y silencio. En un primer momento, la policía negó que la persona en cuestión se encontrara allí. Pero el miedo que les dio al ver a 50 hombres perfectamente inmóviles frente a la estación, además de la creciente multitud que comenzaba a reunirse, fue motivo suficiente para permitirle la entrada a Malcolm X y, así, ver a su hermano herido. Una vez lo vio, Malcolm X le exigió a la policía que llamase una ambulancia para llevarlo al hospital. No satisfecho con esto, salió de la estación de policía e inició una marcha por las calles de Harlem seguido de los 50 hermanos del Fruto del Islam hasta el hospital. En el camino, cada vez más gente, ajena a la Nación del Islam, se les fue uniendo. Una vez llegaron al hospital, detrás de los 50 hombres del Fruto del Islam que plantaron sus pies en perfecto orden y silencio en frente del hospital, se encontraba una multitud de gente furiosa, que, cansada de la violencia contra la comunidad afroamericana, gritaba contra la policía. Un oficial de alto rango de la policía se acercó a Malcolm X y le ordenó disolver a la muchedumbre, pero éste, fiel a su estilo y a su ingenio, simplemente le respondió que él y sus hermanos no estaban haciendo nada y simplemente estaban esperando en frente del hospital, la demás gente era problema de la policía. Cuando los médicos del hospital le aseguraron que su hermano herido recibía la mejor atención posible, Malcolm X dio una señal y los 50 miembros del Fruto del Islam empezaron a marchar, disolviendo a la multitud que se había reunido frente al hospital tan rápido como se había formado. Testigos del hecho dirían después, que estupefacto por lo que acaba de presenciar, un policía simplemente dijo: “ningún hombre debería tener tanto poder”.

Fue así como el niño que nació en 1925, en Omaha, Nebraska, se dio a conocer al mundo, y también a los servicios de inteligencia de Estados Unidos. Durante doce años fue tal vez el miembro más activo de la Nación del Islam, viajando a lo largo y ancho de Estados Unidos, fundando nuevos “templos”, predicando sermones en contra de los “diablos blancos” y defendiendo al “honorable Elijah Muhammad”. Sus apariciones en programas de radio y televisión se multiplicaron. En una ocurrencia del destino, una de las entrevistas más importantes que dio durante esta época fue para la revista Playboy. Gracias a la popularidad de esta revista, la entrevista de Malcolm X tuvo una amplia circulación en algunas de las universidades más importantes de Estados Unidos.

No obstante, como si se tratase de una película, esta época de su vida habría de terminar de la forma más abrupta posible. Destrozado espiritualmente por el comportamiento lascivo del hombre que una vez consideró como un profeta, Elijah Muhammad, Malcolm X decide separarse de la Nación del Islam para crear su propio movimiento (Muslim Mosque Inc.), y con ello aceptar una forma más ortodoxa del islam e iniciar el peregrinaje que lo llevó hasta la ciudad sagrada de La Meca. Ninguna de estas decisiones fue fácil de tomar. Su autobiografía muestra a un hombre confundido y destrozado por la traición de la persona a la que adoraba como a un santo, Elijah Muhammad, además de los miedos y las inseguridades que surgían en él al momento de pensar si podía convertirse en el líder de un movimiento independiente. En medio de esta crisis moral y espiritual, causada por su ruptura con la Nación del Islam y Elijah Muhammad, Malcolm X recordaba su pasado criminal, porque, de una cierta forma, sentía que su tiempo como vendedor de drogas, proxeneta y ladrón lo hacían diferente a otros líderes, como Martin Luther King Jr. Se preguntaba si esto lo acercaba de una manera más especial a la comunidad afroamericana que padecía de los mismos problemas y vicios que él enfrentó tan temprano en su vida. Sin embargo, armado con la convicción de seguir adelante y de tener un mejor conocimiento de su religión, decidió emprender el viaje que todos los musulmanes deben cumplir al menos una vez en su vida.

Así comenzó el viaje que habría de transformar, por última vez, a Malcolm Little, Detroit Red, Malcolm X, en El-Hajj Malik El-Shabazz. Sus experiencias en el peregrinaje a La Meca quedaron plasmadas en su autobiografía y en su diario personal muestran el asombro de un hombre que, por la primera vez en su vida, conocía a personas blancas que no lo juzgaban por su color de piel. Como escribió en una carta a su esposa, Betty, durante once días comió del mismo plato, bebió del mismo vaso y durmió en la misma alfombra con hermanos musulmanes con ojos azules, el cabello dorado y la piel blanca. Todos unidos en oración a un único y mismo dios, Alá. Nadie imaginaba que la misma persona que antes de su viaje fuera acusada de incitar el odio y el racismo entre negros y blancos, fuera la misma que volvió de su peregrinaje con un discurso de unidad y fraternidad entre todos los seres humanos.

Así, El-Hajj Malik El-Shabazz descubrió una verdad tan simple pero tan complicada de aprender en un mundo que se empeña en juzgar a las personas por su apariencia física, una lección que Antoine de Saint-Exupéry ya había inmortalizado: “sólo con el corazón podemos ver bien, lo esencial es invisible ante los ojos”. Durante su experiencia en La Meca, El-Hajj Malik El-Shabazz[4] llegó a la conclusión que no podía seguir juzgando a las personas blancas sólo por ser blancas y aceptó que muchas entre ellas estaban dispuestas a ayudarlo a él y a sus hermanos y hermanas en la lucha contra el racismo y la discriminación. Una anécdota de su autobiografía refleja de la mejor manera el cambio de pensamiento que tuvo: después de su regreso de La Meca, Malcolm X se encontraba manejando su auto cuando llegó a un semáforo donde se detuvo. A su lado se detuvo otro auto, manejado por una mujer y en el asiento del pasajero se hallaba un hombre. El hombre sonriendo le pregunta desde la ventana del auto: “Malcolm X, ¿le importaría darle la mano a un hombre blanco?” Siempre fiel a su estilo y a su ingenio, Malcolm X miró al hombre y respondió: “no me importa darle la mano a un ser humano”, y siguió su camino.

No obstante, su nuevo mensaje duró poco. El-Hajj Malik El-Shabazz fue asesinado el 21 de febrero de 1965, frente a su esposa y sus hijas. Existen todavía muchos misterios y preguntas sin resolver en torno a este asesinato. A mi modo de ver, Malcolm X fue asesinado porque se convirtió en algo mucho más grande que una figura por la lucha de los derechos civiles en Estados Unidos. Lo asesinaron porque se convirtió en un revolucionario. Es necesario explicar esta afirmación puesto que, como lo dijo antes de morir en su autobiografía, él no se consideraba como un revolucionario. Según Malcolm X, los revolucionarios buscaban cambiar el sistema actual por uno nuevo. Sin embargo, él no buscaba cambiar el sistema, sino ser reconocido por el mismo. Su lucha era entonces una lucha por el reconocimiento, pero sin darse cuenta, la forma en la cual buscó este reconocimiento fue revolucionaria. Aquellos que predican la división y la separación, como lo hacía Elija Muhammad, nunca cambiarán nada porque la existencia del sistema se funda, en parte, sobre la división de las personas que podrían cambiarlo. En cambio, aquellos que predican la unidad y la hermandad se convierten en una verdadera amenaza para el sistema.

Esto fue precisamente en lo que se convirtió Malcolm X, porque, en lugar de crear muros, buscó crear puentes entre los 22 millones de afroamericanos de Estados Unidos y los países africanos. Así, un hombre cuya educación formal llegó hasta el octavo grado se convirtió en una figura de la política internacional estadounidense: visitó varios países africanos y llegó a reunirse con diferentes líderes de Estado, como Kwame Nkrumah[5]. Fue recibido con honores por embajadores y ministros de diferentes países y se convirtió en un defensor del Panafricanismo. Todo esto y mucho más sin ser elegido en ningún cargo público. Todo esto y más, sin cesar jamás de denunciar el aberrante trato que los afroamericanos recibían en Estados Unidos. Tampoco tuvo miedo de denunciar la hipocresía de las naciones del mundo que condenaban ante la ONU el régimen atroz del Apartheid en Sudáfrica, mientras callaban de lo sucedido en Estados Unidos.

****

Para terminar este texto, quisiera volver a la pregunta que mencioné en el primer párrafo, ¿por qué hay que leer a Malcolm X (sin importar que seamos latinoamericanos, blancos, negros, asiáticos, etc.)? La vida de Malcolm X es la historia brutal de un hombre que, por todas las circunstancias en las que nació, estaba destinado a morir por un balazo, por una sobredosis o a terminar sus días en la cárcel o en la pobreza y la miseria absolutas. En lugar de eso, es la historia de ser humano que en una época de opresión y violencia no tuvo miedo de decir la verdad en contra de un sistema injusto y opresor.

En uno de sus discursos más famosos, Malcolm X dijo que la lucha contra la injusticia y la discriminación se haría “por todos los medios necesarios”. Por decir este tipo de palabras, muchos lo acusaron de promover la violencia, pero en lo personal, me gusta pensar que él hacía referencia a la forma en la cual afrontó a la muerte: armado sólo de sus palabras, su ingenio y su convicción de decir la verdad, sin importar las consecuencias. Tristemente, hechos recientes nos muestran que cincuenta y cinco años después de su muerte, su batalla está lejos de terminar. Los asesinatos en contra de personas negras en Estados Unidos siguen siendo parte de las noticias[6] en un mundo que llora más la destrucción de una iglesia[7] – piedras y cemento – que el asesinato de una comunidad en África[8].

El día de su muerte, el mundo no perdió a Malcolm X, perdió a Malcolm Little, a Detroit Red, y a El-Hajj Malik El-Shabazz. Perdió a un “Príncipe Negro”, como el también activista Ossie Davis lo llamó en su elogio fúnebre, que no tuvo miedo de enfrentarse al odio y a la discriminación con las palabras y la verdad.

[1] Para escribir este texto me he servido principalmente de la autobiografía de Malcolm X y de su diario de sus viajes a La Meca y África.

[2] Como muchas veces explicó, la “X”, para los miembros de la Nación del Islam, representaba dos cosas: primero, su verdadero apellido africano que sus antepasados perdieron cuando fueron transportados de África a América. Segundo, la “x” simbolizaba, asimismo, el abandono del apellido que le fue dado a sus antepasados por parte de su propietario blanco, como forma de marcarlos y reclamarlos de su propiedad.

[3] El Fruto del Islam es un órgano de seguridad dentro de la Nación del Islam. Los miembros del FOI, por sus siglas en inglés, aprendían técnicas de defensa personal, a usar armas de fuego, aunque también tomaban clases de religión y costumbres musulmanas.

[4] Vale la pena aclarar que si bien, Malcolm X cambió su nombre legalmente por el El-Hajj Malik El-Shabazz, nunca quiso abandonar su nombre de Malcolm X. En una entrevista después de su llegada de La Meca, Malcolm X explicó que seguirá llamándose así hasta que la situación que dio origen a este nombre fuese superada.

[5] Kwame Nkrumah (1909 – 1972) fue un político y revolucionario ghanés. Nkrumah estudió durante 10 años en Estados Unidos, donde obtuvo un título en teología de la universidad de Lincoln, en Pensilvania. Por esta razón, Malcolm X cuenta en su autobiografía, que Nkrumah tenía conocimiento de primera mano del trato que los afroamericanos recibían en Estados Unidos. Luego de completar sus estudios en Estados Unidos, Nkrumah fue a Inglaterra a continuar sus estudios doctorales en la London School of economics, pero luego de un año decidió volver a la Costa Dorada Británica (el nombre de Ghana antes de su independencia en 1957 del imperio británico) para luchar por la independencia de su país. Nkrumah fue además uno de los principales defensores del ‘Panafricanismo’. Este movimiento defendía la idea que la unidad entre los diferentes grupos de descendientes africanos, no solo en el África, sino en el resto del mundo, era esencial con tal de lograr su desarrollo político, económico y social. El 15 de mayo de 1964, Nkrumah sostuvo una reunión con Malcolm X en la cual, como lo registra este último en su diario, discutieron sobre el Panafricanismo y la lucha de los afroamericanos. Los sueños de unidad de Nkrumah duraron poco. En 1966, un golpe de Estado lo sacó del poder y vivó en el exilio, sin nunca volver a Ghana, hasta su muerte en 1972.

[6] Los recientes asesinatos de Ahmaud Arbery y Breonna Taylor en febrero y marzo, respectivamente, de este año son lamentables pruebas de esto. Arbery fue asesinado mientras corría por las calles de un vecindario en el Estado de Georgia, por dos hombres armados que lo acusaban de haber robado unas casas en el vecindario anteriormente. Breonna Taylor, una enfermera de 26 años, fue asesinada por policías que entraron a su casa, en Louisville, Kentucky, mientras cumplian una orden de allanamiento errónea. El sospechoso que estaban buscando ya se encontraba en custodia de la policía y en el momento de los hechos, vivía a más de 10 kilómetros del hogar de Taylor. En ambos casos, las acciones para imputar cargos contra los responsables han sido lentas, causando protestas entre la comunidad que exige justicia.

[7] https://elpais.com/cultura/2019/04/16/actualidad/1555397858_382444.html

[8] https://edition.cnn.com/2019/03/24/africa/mali-fulani-village-attack-intl/index.html

* Doctor en filosofía de la Universidad de Poitiers, Francia con estudios en desarrollo sostenible y medio ambiente en París y Lyon. Una vez traté de estudiar derecho en Colombia, pero luego me di cuenta de que estaba muy torcido. Por eso di el salto para venir a los países desarrollados, sólo para darme cuenta de que seguimos colonizados