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A diferencia del tiempo de la física de Newton o Einstein, el tiempo narrado tiene como objetivo dar sentido a una serie de acontecimientos históricos según un principio simbólico organizador. Por eso, la medición del tiempo ha variado históricamente según cada cultura.

Por ejemplo, el mundo chino conmemora la llegada del año nuevo el 7 de febrero, siendo este año el 4.718 dedicado al Buey, el mundo musulmán festeja el año 1.442, teniendo como punto de partida las gestas del profeta Mahoma, el mundo budista da la bienvenida al año 2.562, partiendo del nacimiento del Buda  y el mundo cristiano festeja el año 2.021, teniendo como punto de referencia la llegada de Jesús.

De manera similar, a lo largo de Indoamérica/Abya Yala, el pasado 21 de junio se celebró el nuevo año andino -Willka Kuti- 5.529 (Retorno del Sol). La explicación de este año se basa en la suma de 5 ciclos de 1000 años más los alis trascurridos desde la llegada de los europeos. 

Esta celebración tuvo lugar en múltiples lugares sagrados localizados en Tiwanaku, Bolivia,  la sierra de Ecuador, Wallmapu en  Chile y Argentina y el Cauca en Colombia. 

A diferencia de los ejemplos mencionados arriba, el mundo andino no contabiliza los años a partir del nacimiento o advenimiento de una figura religiosa trascendente tal como lo hace la tradición judeocristiana, el budismo o el mundo musulmán. En lugar de separar el mundo espiritual y el mundo material, la tradición andina considera que ambas dimensiones son una sola. Por ello, la organización del tiempo cósmico y el tiempo humano obedece a otro tipo de principio simbólico organizador. Este se basa en el movimiento de los astros y su inseparable relación con los ciclos de la naturaleza.

El año nuevo andino corresponde con el fin de la temporada de cosecha y el inicio de la temporada de invierno. El día exacto de esta transición es el día 21 de junio, momento en el cual la tierra alcanza su lugar más alto de inclinación hacia el sol. Este día también es conocido como el solsticio de verano en el hemisferio norte y solsticio de invierno en el hemisferio sur.

Con este cambio cíclico, la naturaleza sufre grandes transformaciones en su comportamiento, pues los animales se levantan más temprano, muchos de ellos cambian de ropajes, los ríos son más caudalosos y la tierra se prepara para un nuevo ciclo de germinación.

En las culturas originarias, el movimiento de los astros, los ciclos de la naturaleza y la organización social están íntimamente relacionados. Por esto, el 21 de junio se llevan a cabo ofrendas, celebraciones familiares y festividades comunitarias con el objetivo de darle bienvenida al nuevo ciclo, cuyo centro, el sol, se prepara a realizar un nuevo recorrido. Al invocar la presencia del sol, se busca generar equilibrio con la naturaleza. Asimismo, se invoca la protección de la salud, fuente de trabajo,  armonía con el territorio y reciprocidad entre los seres humanos.

Debido a la riqueza lingüística del continente, la celebración tiene diferentes apelaciones. En la cultura quechua recibe el nombre de Inti Raymi (Inti significa sol y raymi celebración). La cultura aymará lo nombra como Machaq Mara.  La cultural mapuche lo denomina We Tripantu (salida del nuevo Sol). La cultura Nasa lo llama Sek Buy (recibimiento del sol).

Con el proceso de evangelización, colonización y ocupación a manos de los europeos en 1492, estas festividades fueron modificadas con el ánimo de cambiar su significación simbólica. Como consecuencia, los nombres de las festividades fueron remplazadas por las festividades de San Juan y San Pedro del mundo católico y por medio de las cuales se buscaba generar fidelidad y lealdad a la nueva autoridad religiosa.

Con los procesos de independencia, la lucha anticolonial y revitalización de las culturas originarias, este tipo de festividades han vuelto a cobrar importante al interior de los estados plurinacionales del continente. En efecto, muchos consideran que la revitalización espiritual de la relación de la naturaleza con los seres humanos es una estrategia para contrarrestar la crisis climática, civilizatoria y sanitaria que afronta el mundo. Al espiritualizar los lazos con la naturaleza, se puede comprender sus ciclos vitales y su importancia: no pedirle más de lo que puede dar y siempre reconocer que gracias a sus frutos podemos vivir.