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Luego de varios días de tensiones con la fuerza pública, la acaldesa Claudia López y el pueblo Misak, el gobierno nacional decidió retirar los monumentos de Isabel La Católica y Cristóbal Colon ubicados en la avenida El Dorado en Bogotá, Colombia. Días pasados, integrandes de la comunidad indígenas habían intentado derribar el monumento de Colon como una forma protesta simbólica.

Anteriormente lo habían hecho con la estatua de Gonzálo Jiménez de Quesada en el centro de la ciudad. Este tipo de acciones hace eco a formas de protesta similares que tuvieron lugar  en Calí, Ibagué y Popayán. En estas ciudades, también se derribaron estatuas de colonizadores españoles tales como los monumentos de Sebastian de Belalcázar y Andrés Lopez de Galarza. 

Según sus reclamos, la imagen del victimario y conquistador había sido enaltecida mientras que la imagen de las víctimas, los indígenas, ha sido olvidada y marginalizada.

Siguiendo el legítimo uso del Derecho Mayor y Ancestral, el pueblo misak puso en el centro del debate los elementos simbólicos, narrativos y discursivos que constituyen el relato de la identidad nacional.

Este tipo de acciones disruptivas son ante todo una estrategia para reconstruir el imaginario nacional y, sobre todo, denunciar el racismo y clasismo estructural. Colombia es un estado plurinacional y, por ello, el relato nacional y la estructura constitucional y política debe reflejar este hecho social. 

Haciendo história, los nombres de Isabel La Católica, Cristobal Colon y El Dorado  invocan la forma cómo el Imperio Español saqueó nuestro territorio con el anhelo de adueñarse de la gran mina de oro que, posteriormente, inspiró el Mito del Dorado. Para acumular dicho «tesoro», esclavizaron, torturaron y despojaron a millones de pueblos en el continente.