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Por: Mateo Ramírez*

Desde: Lyon, Francia

“I believe that there will ultimately be a clash between the oppressed
and those that do the oppressing. I believe that there will be a clash
between those who want freedom, justice and equality for everyone
and those who want to continue the systems of exploitation.”

– El-Hajj Malik El-Shabazz
(Malcolm X)

 

Palabras clave: colonialismo, medio ambiente, desarrollo sostenible

 El elefante en la habitación

 Desde los años sesenta, el mundo en general tiene consciencia de la crisis climática que se ha convertido en el gran problema de la humanidad, claro está, después de la emergencia más inmediata del Covid-19 que hoy en día tiene al planeta en cuarentena. Sin embargo, si una acción ha de ser juzgada por sus resultados, las acciones para enfrentar la crisis mundial – que no sólo incluye el calentamiento global, sino también la extinción en masa de la biodiversidad del planeta y la acidificación de los océanos, entre muchos otros fenómenos – dejan mucho que desear. Por ejemplo, ¿cómo es posible que desde los años noventa, las emisiones de dióxido de carbono hayan aumentado casi en un 50%[1]?

Antes del comienzo de la pandemia causada por el Covid-19, las emisiones de gases seguían aumentando a nivel global a pesar de lo pactado por los Estados del mundo en París en 2015[2]. Así, hoy estamos lejos de lograr los objetivos que impedirían un aumento de 2 % – mucho menos 1.5 % – de la temperatura del planeta. Lo curioso de la relación entre estos dos fenómenos es que, en el espacio de dos a tres meses, el confinamiento ha hecho más por el medio ambiente que todas las reuniones, declaraciones, libros, reportes, conferencias, estudios de las Naciones Unidas o cualquier otro organismo humano que haya pretendido atender a la crisis climática. Entonces, ¿a qué se debe la ineficacia de la respuesta política frente a la crisis climática?

En este escrito quisiera tratar de responder, en parte, a esta pregunta abordando un tema que se ha convertido en el elefante de la habitación, como lo llama McEachrane, del cual nadie habla[3]. Una de las razones que me llevaron a escribir estas líneas es que, a mi modo de ver, un tema que se encuentra prácticamente ausente en las discusiones – Occidentales[4] – sobre el medio ambiente y el desarrollo sostenible es la historia de cuatrocientos años de colonialismo, esclavitud, discriminación racial y neocolonialismo.

No obstante, mi intención en este escrito no es hacer un análisis histórico de la explotación colonial o neocolonial que obstruyó el desarrollo económico, social y político de los países en vía de desarrollo. Al contrario, en lo que sigue, mi propósito es mostrar, primero, que el colonialismo y la esclavitud no son cosas del pasado, sino que siguen afectándonos hoy en día. Enseguida, pretendo mostrar la forma en la cual, prácticamente desde los inicios de los movimientos ambientales en Occidente hasta hoy, la lógica colonial permeó desde las sombras este discurso sobre la crisis ambiental. Finalmente, mi interés se centra en mostrar cómo, el colonialismo afecta las discusiones y posibles soluciones al problema ecológico que enfrentamos.

  1. ¿Cosas del pasado?

            Antes de comenzar es necesario aclarar (por si hace falta) que el colonialismo y la discriminación no son cosas del pasado. Más de quinientos años han transcurrido desde que Colón llegó por primera vez al continente americano. El proyecto colonizador que le siguió se justificó en gran medida sobre la “teoría” racial, según la cual existen razas superiores a otras y cada una debe ocupar su lugar en el mundo y en la historia. Cuatrocientos y más años de esclavitud de los pueblos africanos y americanos fueron así justificados por la misión evangelizadora y civilizatoria de los colonizadores europeos. Al mismo tiempo, esta explotación humana permitió la explotación de la naturaleza en beneficio de unos pocos. Es cierto que muchos progresos se han logrado. En la segunda mitad del siglo XX, el mundo atestiguó el nacimiento de nuevos países que lograban su independencia de las viejas potencias imperiales. Sin embargo, este pasado lejos de ser un recuerdo sigue afectando el presente. Según el último reporte especial sobre las formas contemporáneas de racismo, discriminación racial, xenofobia e intolerancia racial de las Naciones Unidas, “las injusticias raciales históricas de la esclavitud y el colonialismo […] permanecen en gran parte sin reparación hoy” [5]. Asimismo, muestra que las formas actuales de discriminación y desigualdad son el resultado de una falla en la superación de las desigualdades y la discriminación producidas por la esclavitud y el colonialismo.

De la misma manera, el reporte de 2019 sobre el avance de los 17 objetivos de desarrollo sostenible muestra que la brecha entre los países desarrollados y los países en vía de desarrollo sigue agrandándose[6]. Parte de las razones que explican esta brecha, pueden encontrarse mejor resumidas en la declaración de 1974 sobre un Nuevo orden económico mundial, en la cual los países firmantes declaraban que:

“Los vestigios restantes de dominación extranjera y colonial, ocupación extranjera, discriminación racial, apartheid y neocolonialismo en todas sus formas continúan siendo uno de los mayores obstáculos para la plena emancipación y progreso de los países en desarrollo y todas las personas involucradas. Los beneficios del progreso tecnológico no son compartidos equitativamente por todos los miembros de la comunidad internacional”[7].

Curiosamente, en 2019, dos resoluciones aprobadas por las Naciones Unidas que buscaban una nueva política económica internacional más favorable a los países en desarrollo y un proceso de decisión más transparente y democrático, también en cuestiones económicas, fueron votadas negativamente por todos los países desarrollados[8]. Sin embargo, el pasado colonial y de esclavitud no solamente sigue afectando el presente a nivel social, político y económico, sino también ambiental. Siglos de explotación de la naturaleza y de esclavitud permitieron a la mayoría de las naciones que hoy llamamos “desarrolladas” alcanzar un nivel de vida mucho mayor para su población.

III. No hay nada oculto que no haya de ser manifestado

Para entender la forma cómo la lógica colonial ha permeado de forma subyacente el discurso ambiental Occidental es útil analizar un ejemplo concreto. La publicación de un estudio realizado en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), Los límites del crecimiento, dirigido por Donella Meadows, contribuyó a recapitular las nuevas preocupaciones sobre los límites físicos de la tierra que aparecieron en la década anterior. Casi diez años antes de la publicación del estudio de MIT, en la década de los años sesenta, el movimiento ambiental en Estados Unidos comenzaba a gestarse con la publicación del libro Silent Spring (1963) de la bióloga estadounidense Rachel Carson, en el cual detallaba los riesgos de la utilización de ciertos pesticidas en la producción agrícola en Estados Unidos[9]. Otro momento importante en la gestación de estos movimientos fue la publicación de la imagen de La canica azul[10]. Una fotografía de la tierra tomada por la misión espacial del Apolo 17 que se convirtió en la imagen de los nacientes movimientos ambientales.

El estudio de MIT buscaba crear un modelo matemático que analizara el crecimiento exponencial de cinco variables dentro de los confines de un planeta finito: población, producción alimentaria, industrialización y consumo de recursos renovables. El estudio concluye que, si la tasa de crecimiento exponencial no cambia, los límites del crecimiento de estas cinco variables serán alcanzados en algún momento durante los próximos 100 años[11]. Sin embargo, muchos críticos del estudio de MIT, en particular, de América Latina, señalaron rápidamente que el problema que la humanidad enfrenta no son los límites de los recursos físicos de la tierra para proveer al consumo de estas variables, sino el consumo desigual de los mismos. Para los autores del estudio, ¿Catástrofe o nueva sociedad? (1972), un estudio dirigido por el geólogo argentino Amílcar Herrera como respuesta al estudio de MIT, el problema ecológico es en realidad un problema sociopolítico. Así, para Herrera y su equipo, Los límites del crecimiento justificaba la desigualdad entre los países desarrollados y los países subdesarrollados bajo el argumento que señala que la pobreza, en estos últimos, se debía a su sobre población. Esta afirmación no tuvo en cuenta el hecho de que la población – y también el consumo de recursos naturales – era mucho más grande en los países desarrollados que en los países subdesarrollados. En su gran libro, Las venas abiertas de América Latina (1973), Eduardo Galeano denunciaba ya esta situación:

“[…] en nuestros tiempos, toda esta ofensiva universal cumple una función bien definida: se propone justificar la muy desigual distribución de la renta entre los países y entre las clases sociales, convencer a los pobres de que la pobreza es el resultado de los hijos que no se evitan y poner un dique al avance de la furia de las masas en movimiento y rebelión[12].”

Este es un claro ejemplo de la forma en la cual, desde los inicios, los movimientos ambientales en Occidente se vieron permeados por la lógica colonial.

  1. Del dicho al hecho, hay mucho trecho

             Como lo mostramos en la introducción de este escrito, no hace falta una investigación muy profunda para darse cuenta de que existe un trecho enorme entre los acuerdos y los discursos alrededor de la crisis ambiental y los resultados obtenidos hasta el momento. Ahora bien, el pasado colonial Occidental no es ignorado por todo el mundo. La tensión que genera este pasado en las discusiones entorno a la crisis planetaria quedó mejor plasmada en la conversación que tuvieron el ministro de Energía Piyush Goyal, de la India, y el ex vicepresidente de los Estados Unidos, Al Gore. Como preparación a la cumbre sobre el clima de Paris en 2015, Gore sostuvo una reunión con Goyal en la cual discutieron el compromiso de la India con la causa climática. Una parte del encuentro entre los dos políticos se desarrollo de la manera siguiente:

  • “Piyush Goyal (PG): India siempre ha visto a los Estados Unidos como un aliado invaluable, pero lamentablemente el mundo occidental – el mundo desarrollado – no parece apoyar de manera significativa y parece estar creando más y más impedimentos. Toda esta conversación sobre el apoyo al cambio climático parece ser solo una conversación y casi ninguna acción.
  • Al Gore (AG): ¿Por parte de los Estados Unidos?
  • PG: Sí, por parte de los Estados Unidos.
  • AG: Con todo el respeto, no creo que eso sea justo. En Estados Unidos, en el año calendario 2015, si observa las inversiones […] en la construcción de la nueva capacidad eléctrica, ¾ provienen de energía solar y eólica.
  • PG: ¿Puedo responder a eso?
  • AG: Sí.
  • PG: Haré lo mismo después de 150 años. Después de haber utilizado todo mi carbón. Después de haber creado empleos para mi gente. Después de crear una infraestructura con calles y autopistas. Cuando mi gente gane 70 mil dólares per cápita por año. De la misma forma que los Estados Unidos lo hicieron durante 150 años. Es muy fácil decir que ahora no usamos nuestro carbón. ¿Pero qué hay del pasado? [13]

La opinión expresada por Goyal no es sino la demonstración de la posición que India asumió durante las negociaciones en París en 2015. India fue uno de los Estados que más se resistió a firmar el acuerdo, precisamente por las razones que describía Goyal en su conversación con Gore: la explotación de los recursos naturales por los países desarrollados les permitió alcanzar un nivel mayor de vida y de desarrollo tecnológico para sus poblaciones, al mismo tiempo que los países explotados tuvieron que sufrir las consecuencias económicas, sociales, políticas y ambientales de esta explotación. Los efectos de dicha situación son particularmente alarmantes si se tiene en cuenta que mientras que los países desarrollados pueden invertir hasta más de 2 % de su PIB en el desarrollo e investigación de nuevas tecnologías, los países en desarrollo no invierten sino entre el 0.10 y el 0.99 % de su PIB[14]. Así, según un estudio de las Naciones Unidas del 2010[15], el 80 % de las patentes de Tecnologías de energía limpia (CET por sus siglas en inglés), pertenecen a seis países: Estados Unidos, Francia, Alemania, Inglaterra, Japón y Corea del Sur. Lo preocupante de esta situación es que, según el mismo estudio de las Naciones Unidas, la transferencia de los derechos de una patente CET de un país desarrollado a un país en desarrollo se ve obstaculizada por diferentes condiciones del mercado. En otras palabras, por la dificultad de encontrar “un socio adecuado y las condiciones de licencia adecuadas, es decir, los precios y el alcance geográfico o exclusivo del acuerdo[16]”. Dicho de otro modo, la transferencia de la tecnología que nos permitiría alcanzar el objetivo de un incremento controlado entre 1.5 a 2 grados de la temperatura del planeta se ve obstaculizada por razones del mercado.

No obstante, de la misma forma en la que las palabras de Goyal denunciaron las acciones o inacciones de los Estados Unidos, también es necesario precisar que India es uno de los mayores países emisores de gases a efecto invernadero[17]. Lamentablemente, el progreso económico de países como India, y en particular China, se ha hecho en detrimento del medio ambiente. De igual manera, es cierto lo que dice Gore, cuando habla de la inversión que ha hecho los Estados Unidos en materia de energía limpia, lo cual ha causado una reducción – leve – de la emisión de gases a efecto invernadero[18]. Aunque es necesario añadir que la producción de estas formas de energía no es tan “limpia” como podría creerse. La extracción de los elementos necesarios para producir los magnetos que se utilizan, tanto en las nuevas generaciones de carros eléctricos como en las turbinas para generar energía eólica, producen profundos daños ambientales en países como China o la República Democrática del Congo. Sin embargo, este tema será mejor tratarlo en otra oportunidad.

***

Uno de los aforismos más conocidos de Santayana dice que “quien no conoce su historia, está condenada a repetirla”. Este aforismo parece vigente hoy más que nunca. Si algo nos ha mostrado la pandemia causada por el Covid-19 es que es posible dar una respuesta a un problema global. Pero esta catástrofe también ha puesto en evidencia que estamos lejos de lograr una respuesta coordinada y solidaria entre los diferentes países. ¿Por qué estamos fallando en afrontar la crisis ecológica? ¿Qué nos detiene? Como lo he tratado de mostrar en este escrito, el pasado colonial y racista parece encontrarse ausente de la gran parte de discusiones sobre el desarrollo sostenible y la crisis ecológica. Sin embargo, desde el anonimato que le da el hecho de no ser nombrado, el pasado colonial y racista sigue influenciando las relaciones entre los diferentes países del mundo. Es tal vez ésta una de las razones por las cuales el expresidente de Uruguay, José Mujica, decía que no hay una “crisis ecológica”, lo que hay es una “crisis política”:

“No hay crisis ecológica, hay crisis política. Hemos llegado a una etapa de la civilización donde necesitamos acuerdos planetarios y miramos para otro lado y nos encerramos en los chovinismos nacionales y en la preocupación de  potencias de las naciones. Sobre todo, los países más fuertes, que son las que deberían dar el ejemplo. Da vergüenza que después de lo que se planteó en Kyoto, todavía vacilamos en aplicar medidas elementales. Da vergüenza” [19].

Afrontar la crisis climática, creo, requiere primero afrontar los errores del pasado, corregir las injusticias cometidas entre los humanos. Como Mujica propuso, estas circunstancias nos invitan a crear una nueva “cultura global”, es decir, una cultura que no olvide el lugar donde se nació, pero también una cultura que no se encierre dentro de los límites y confines del Estado Nación. Tal vez así, podremos comenzar a afrontar esta crisis.

Achiume Tendayi, Contemporary forms of racism, racial discrimination, xenophobia and racial intolerance, United Nations General Assembly, 2019.

Arthus-Bertrand Yann, HUMAN, HUMAN the movie, 2015.

Asambela General de las NU, Declaración sobre el establecimiento de un nuevo orden económico internacional, Nueva York, Naciones Unidas, 1974.

Brennan Andrew et Yeuk Sze-lo, « Environmental Ethics », Stanford Encyclopedia of Philosophy, Metaphysics Research Lab, Stanford University.

Cohen Boni et Shenk Jon, An Inconvenient Sequel: Truth to Power, Paramount Pictures Corporation, 2017.

Galeano Eduardo, Las venas abiertas de América Latina, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 1971.

Harvey Fiona et Rankin Jennifer, « Paris climate deal: world not on track to meet goal amid continuous emissions », The Guardian.com, 04/12/2019 p.

McEachrane Michael, « Does sustainable development have an elephant in the room? », Aljazeera.com, 19/10/2019 p.

UN Economic and Social Council, Special edition: progress towards the Sustainable Development Goals, New York, United Nations, 2019.

United Nations Environmental Programme, Patents and clean energy: bridging the gap between evidence and policy Summary of the report, Munich, UNEP, 2010.

[1] https://www.un.org/sustainabledevelopment/climate-change/

[2] Cf. Harvey Fiona et Rankin Jennifer, « Paris climate deal: world not on track to meet goal amid continuous emissions », The Guardian.com, 04/12/2019 p.

[3] McEachrane Michael, « Does sustainable development have an elephant in the room? », Aljazeera.com, 19/10/2019 p.

[4] He decido escribir “Occidentales” con “O” mayúscula puesto que no me refiero a la región geográfica del planeta, sino al concepto de esa región que no es sino un eufemismo para referirse a Estados Unidos y Europa. Esta categoría será utilizada a lo largo del texto.

[5] Achiume Tendayi, Contemporary forms of racism, racial discrimination, xenophobia and racial intolerance, United Nations General Assembly, 2019, p. 4.

[6] UN Economic and Social Council, Special edition: progress towards the Sustainable Development Goals, New York, United Nations, 2019. Quisiera aclarar, además, que he decidido mantener el uso de las categorías de “países desarrollados” y “países en vía de desarrollo” por dos razones. En primer lugar, por conservar una coherencia terminológica ya que éstas son las categorías utilizadas en las declaraciones de las Naciones Unidas que cito en este texto. (Del mismo modo, esta decisión es útil para señalar la forma el organismo internacional más importante del mundo reproduce categorías coloniales). En segundo lugar, no busco con esta decisión reproducir las nociones hegemónicas del proyecto colonizador Occidental. Al contrario, estas nociones merecen ser objeto de un análisis mucho más profundo que no puedo realizar aquí. Invito entonces a los lectores interesados en seguir la próxima publicación en la cual buscaré analizar estas y otras categorías.

[7] Asambela General de las NU, Declaración sobre el establecimiento de un nuevo orden económico internacional, Nueva York, Naciones Unidas, 1974.

[8] McEachrane Michael, « Does sustainable development have an elephant in the room? », op. cit.

[9] Brennan Andrew et Yeuk Sze-lo, « Environmental Ethics », Stanford Encyclopedia of Philosophy, Metaphysics Research Lab, Stanford University, 2016.

[10] https://www.nasa.gov/content/blue-marble-image-of-the-earth-from-apollo-17

[11] Meadows Donella H., The Limits to Growth: A Report for the Club of Rome’s Project on the Predicament of Mankind., New York, Universe Books, 1972, p. 23

[12] Cf. Galeano Eduardo, Las venas abiertas de América Latina, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 1971 p. 21.

[13] Cohen B. et Shenk J., An Inconvenient Sequel: Truth to Power, Paramount Pictures Corporation, 2017.(traducción personal).

[14] https://data.oecd.org/rd/gross-domestic-spending-on-r-d.htm

[15] United Nations Environmental Programme, Patents and clean energy: bridging the gap between evidence and policy Summary of the report, Munich, UNEP, 2010.

[16] Ibid., p. 6.

[17] Harvey Fiona et Rankin Jennifer, « Paris climate deal: world not on track to meet goal amid continuous emissions », op. cit.

[18] Ibid.

[19]  Arthus-Bertrand Yann, HUMAN, HUMAN the movie, 2015.

* Doctor en filosofía de la Universidad de Poitiers, Francia con estudios en desarrollo sostenible y medio ambiente en París y Lyon. Una vez traté de estudiar derecho en Colombia, pero luego me di cuenta de que estaba muy torcido. Por eso di el salto para venir a los países desarrollados, sólo para darme cuenta de que seguimos colonizados