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Por: Angélica Hernández Velásquez

Desde: Poitiers, Francia

Esta es la tercera entrega de una serie que inicié sin saber muy bien cómo iba a terminar. En la primera entrega diseñé un esqueleto a partir de ciertas intuiciones que surgieron del periodo de confinamiento. En ¿A cuántos cigarros estamos? escribí mi opinión sobre la gestión de la crisis del gobierno Trump, en ese momento Estados Unidos era el centro de la crisis, hoy lo es Brasil o, al menos, eso dicen las cifras oficiales. Aunque podría seguir escribiendo sobre esto, sobre cómo ciertas decisiones son tomadas bajo las máximas del liberalismo que uno puede resumir como un “Sálvese quien pueda”, voy a pasar de eso porque, como dije, es más de lo mismo.

En ese sentido, me detuve a analizar el caso colombiano, donde esperaba encontrar luces en la gestión de Claudia López, si no luces, al menos esperaba que sus acciones se alejaran de todo aquello que había criticado de Trump. Me equivoqué. Solo hizo falta ver a la gestora de la alcaldía de Bogotá, vestida como un personaje de Fornite, seguida de un escuadrón del ESMAD desalojando Altos de la Estancia, en ciudad Bolívar. Con tristeza veo que, otra vez, es más de lo mismo. Y bueno, se podrán decir mil y un argumentos a favor del desalojo, evidentemente todos falaces si con ellos no se defiende la idea de no mejorar la situación de la población vulnerable, de todos y cada uno de ellos. Poco importa que se hayan recaudado fondos para que la familia Linson Palacios pueda vivir tranquila por unos meses, de hecho, eso hace más grave el asunto. Al final, en Bogotá, en Colombia, hoy más que nunca reina el “Sálvese quien pueda”. Un Estado que tiende cada vez más a la apatía.

Algunos dirán que hablo desde mi lugar de privilegio y es así, no lo puedo evitar. Soy hija de mi historia, no puedo retroceder en mi vida y pretender que mis privilegios no me traviesen. Sin embargo, eso no significa que no puedo tener una mirada crítica, al contrario. Se supone que, en esta entrega, la tercera, iba a exponer algunas reflexiones sobre cómo podemos, entre todos y todas, construir un mundo mejor, pero no, creo que estamos condenados a la extinción. Con ingenuidad pensé, al principio de esta crisis, que estábamos asistiendo al final del capitalismo voraz que está a la base de la economía. No solo yo, no era una idea loca del todo. Entonces, pensé que, si basábamos nuestra economía en modos de producción que tengan en cuenta el cambio climático y en aquello que nos dice la naturaleza, podríamos darnos cuenta de que no tenemos derecho a colonizar cada espacio del planeta, que existe un orden y que hemos venido sacrificado nuestro hogar a cambio del papel moneda y del poder que se adquiere con él. ¿De qué nos servirá entonces todo el dinero y poder cuando no podamos ni siquiera salir de casa? Y es que, si usted está leyendo esto, ni usted, ni yo, vamos a participar de ese poder, al contrario. Vamos a seguir pagando para estar a la merced de un sistema que acaba nuestros recursos para hacer a los ricos cada vez más ricos y a la clase media, cada vez más…

Luego, ¿qué nos queda? Bueno, en principio somos más. ¿Y si despertamos? ¿y si dejamos de desear hacernos ricos individualmente y pasamos a pensar en comunidades que redefinan lo que entendemos por riqueza? ¿y si ya somos ricos y no lo sabemos? ¿y si la riqueza es poder salir y disfrutar del aire puro? ¿y si la naturaleza es nuestra riqueza? ¿qué pasaría? Entonces, un país lleno de cuerpos de agua natural, donde se puede cultivar casi cualquier cosa, sería inmensamente rico.

Imagen tomada de https://www.magazinelatino.com/miles-de-manifestaciones-de-jovenes-a-nivel-mundial-por-cambio-climatico/